¿Cómo puede una obra de arte convertirse en bosque?
Te cuento cómo empezó todo.
No siempre imaginé tener un bosque.
Todo comenzó con un gesto lleno de amor: una pequeña herencia en vida que mi abuela me dió.
Lo único que tenía claro es que no quería que ese dinero desapareciera sin dejar huella.

No era una gran cantidad, pero para alguien como yo, con una economía frágil, era significativa. Quería que ese regalo tuviera sentido más allá de lo material, guardar ese gesto en forma de paisaje.
Así nació la idea: comprar un pedazo de tierra.
Un lugar donde pudiera sembrar libertad, plantar belleza, y acordarme de mis abuelos, les encataba el campo.
Las primeras raíces
En 2018, alquilé una pequeña parcela de huerta —una fanecà— en Paiporta, mi pueblo natal. Al principio iba sola, pero con el tiempo se sumaron amigos y creamos un pequeño colectivo: Akana.
Juntas/os, cultivamos mucho más que verduras. Visitamos otros huertos, compartimos aprendizajes, nos inspiramos en modelos comunitarios y autogestionados.
Durante la pandemia, ese huerto fue mi refugio. Un lugar donde respirar. Pero también descubrí los límites de cultivar en un espacio alquilado, donde cada paso debía consultarse, y el vínculo con la tierra era, en el fondo, temporal.

La tierra que elegí
Con una parte de esa herencia, encontré algo especial:
7.600 m² de terreno de secano, en plena Reserva Natural, en la zona montañosa de Montserrat (Valencia). Un paisaje áspero, sin agua de riego, pero lleno de potencial.
Desde entonces, este espacio se ha convertido en un laboratorio vivo:
experimento con métodos de cultivo adaptados a la sequía, siembro variedades resistentes y observo cómo responde la tierra.
Mi objetivo es claro:
crear, con paciencia y tiempo, un bosque comestible de secano.
Demostrar que otra forma de habitar y reforestar es posible.
Este terreno no es solo tierra:
es lienzo, refugio y territorio de aprendizaje.
No busco un jardín perfecto. Busco un ecosistema libre, diverso, que crezca en armonía con lo que ya existe.

Cada obra, siembra un futuro más verde
Mi arte se inspira en la naturaleza.
Y con este proyecto, parte de lo que Balambi Studio genera vuelve a la tierra.
Dedico el 5 % de cada venta a este bosque, para comprar nuevas especies, aprender nuevas formas de sembrar y seguir reforestando desde lo poético y lo práctico.
Y ahora, poco a poco, el bosque crece. A veces en silencio. A veces con fuerza.
Resiste sequías. Sobrevive a las peores tormentas. Y florece.

Diario del bosque
Verano 2025
La pistachera crece lenta pero firme. Las lavandas sembradas a voleo han germinado y se asoman pequeñas entre los matojos. Los romeros rastreros avanzan bien. La vegetación es tan densa que a veces no veo el suelo. Me encontré con dos arañas enormes y me alegré: significa que hay vida.
Navidad 2024-2025
Después de las inundaciones provocadas por la DANA, el terreno está lleno de cicatrices. Algunos árboles cayeron, la tierra se movió, pero muchas plantas siguen vivas. Están inclinadas, pero resisten. Nada puede con ellas. Hemos sembrado centenares de semillas de lavanda, manzanilla, amapolas, fresas y acelgas.
Otoño 2023
Dibujé los primeros caminos. Desbrocé solo lo necesario. Planté nuevas especies mediterráneas resistentes a la sequía, con el método Philippi descrito en el libro Le Jardin sans arrossage. Especies como la Pistacia Atlantica, Anthyllis Barba-jovis, Santolina Magónica, Olea Europea, Romero Rastrero, Salvia y Lavanda.
Invierno 2021 – 2022
Identifiqué las plantas y arboles que ya habitaban el terreno: Carrascas, Madroños, Olivos, Llentiscles, Aliagas, Tomillo, Romero, Albaida, Pebrella, Zarza-mora y alguna planta invasora como la Lantana Camara, aunque es muy bonita.
Este proyecto no es solo un bosque. Es un acto de resistencia creativa.
Es una forma de imaginar futuro,
de honrar el pasado,
de reconciliar arte y ecología.
Es mi forma de decir: otro paisaje es posible.